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"Un pequeño cuento dedicado a los vampiros. Un cuento extraño, tal vez no de terror, pero muy enfermo mental. Espero que lo disfruten"....
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Ya han pasado quince años desde que me convertí en un monstruo. Tenía dieciséis años cuando ocurrió: era flaco, un don nadie en la escuela, sólo un perdedor. Jamás lograre olvidar la soledad. No digo que ser un ser inmortal sea malo, no; pero siento todavía el triste sentimiento de abandono. Las calles están desiertas. Me dirijo a un club nocturno. Tal vez antes de convertirme no hubiera entrado a ninguno de esos sitios, pero ya no era humano y no me importaban mis acciones, solo sentía el hambre que me carcomía.
Entre al club, los humanos tomaban, bailaban y veían a las mujeres semidesnudas bailando. Yo, sólo observe. Una creencia de los humanos es que los vampiros no beben; la verdad era que podíamos beber lo que quisiéramos, pero lo único que nos alimentaba era la sangre de los humanos, a veces la de los animales pero no nos satisfacía. Paso el tiempo y lo único que hice fue observar el club y a todos los humanos del lugar.
Me puse a pensar en mi vida pasada. No la extrañaba. No me hacía falta. Hace quince años me había dirigido a un club nocturno, casi igual a éste, estaba desobedeciendo las órdenes de mis padres. Pero quería buscar emoción, locura, diversión. Posiblemente lo halle ¿o no? Una mujer me observaba cuando entré. No pedí nada y solo me limite a estar ahí; cuando me aburrí decidí salir: la mujer me siguió. Era atractiva o mejor dicho increíblemente sexi. Recuerdo cómo me acorralaba a un callejón y me empezaba a besar, yo estaba hipnotizado, sentía mi sangre correr por mi cuello, su cuerpo junto al mío, sus dientes mordiéndome la yugular. Luego, vino la transformación, y de un muchacho enclenque me convertí en una de las criaturas más bellas, agiles y perfectas del mundo.
Regrese al presente y pude ver cómo salía una ramera del club. Decidí seguirla: era mi presa.
Se metió a un callejón, la seguí sin hacer el menor ruido. Estaba junto a ella, le dije con una voz tan tranquila y al mismo tiempo provocadora: "¿me puedes hacer un favor?" y contestó "si" después de verme de pies a cabeza. Los humanos se dejan engallar cuando solo se trata de un contacto físico con una persona de gran atractivo físico. Acerque mis labios con los suyos. Mis manos abrazaron su cadera. La que parecía desesperada era ella ya que me empezaba a bajar los pantalones. No me importaba estar en un callejón oscuro lleno de basura, mugre y excremento de perro. También le fui bajando los pantalones ajustados y desabrochándole la camisa. Solamente era un juego.
Los vampiros no se pueden reproducir pero si pueden hacer muchas cosas más. Mi boca se dirigió a su cuello desnudo, solo me bastaba con sacar los dientes y empezar a succionar aquel liquido vital para nosotros. Pareciera que ella lo disfrutaba; aun no había iniciado lo mejor para mí. La mordí suavemente e inicie lo que todo ladrón de vida hace: beber. Lo único que salió por los labios de la ramera fueron suspiros pasionales. Mi intención no era matarla, solo quería diversión.
Cuando terminé, la vi a los ojos y le indique que olvidara todo lo que había pasado esta noche. Ella se marchó sin decir palabra alguna. Camine a lo largo del callejón, vi mi reflejo en un pedazo de espejo. Mis ojos estaban de un color azul marino, me concentré y vi como cambiaban a un color miel. Sonreí. Una de las habilidades más peculiares de nuestra raza es el cambio de color en los ojos, permitiéndonos hipnotizar a las personas, pero también reflejaban nuestro estado de humor.
Apareció delante de mí una figura conocida: mi hermana, no de sangre sino vampírica, la salude de mal humor. Sabía lo que quería hacer, quería jugar. Me platicó del juego de esta noche: cazar a dos humanos que se iban a tener un duelo. La seguí, el plan era confundirlos y separarlos lo más posible. Yo ya había bebido sangre, pero eso no impedía que bebiera más esta noche. No había una regla fija para beber. Cuando identifique al humano lo seguí y empecé a asustarlo. Ya lo había alejado bastante cuando salte tan alto y silenciosamente: caí a su espalda. Abrí mi boca lo más que pude como una serpiente y me lance sobre su cuello. Bebí hasta dejarlo vació. A pesar de haber comido lo suficiente todavía sentía algo que faltaba en mi vida.
No busque a mi hermana. Me dirigí a la casa, que estaba afuera de la ciudad, en donde vivía junto con mi hermano, hermana y mi madre -claro todos vampiros -la casa estaba desierta, pero al poco rato llego mi hermana. No la salude. Estuve un rato pensando en lo que me hacía falta cuando llegó mi hermana, que muy atrevidamente se quito la ropa y empezó a besarme, yo simplemente le seguí el juego. Sin duda a los inmortales no nos importaba la decencia. No era mi hermana de sangre sino otra persona que fue transformada en vampiro por la misma mujer que me transformó.
Lentamente nos fuimos quitando las ropas, no había decoro en esta vida, no había ética ni moral, no había paz ni amor. Entonces, no estaba muerto, no estaba vivo. ¿Qué era? Mi vida de antaño se había muerto, no sentía ya nada, simplemente estaba condenado para sufrir la inmortalidad. No era más que un vampiro hecho para causar daño a otros y a mí mismo. Esto no era vivir. A pesar de ser inmortal ya no vivía.